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Sunday, October 30, 2011

HUMANISMO


El término humanismo (h.) aparece por primera vez en 1808 en un libro del alemán F. J. Niethammer, refiriéndose a los movimientos culturales que dieron origen al Renacimiento (v.). Sin embargo, ya en el s. XVI se usaba el término «humanista» para aludir al que se dedicaba al estudio de las humanidades (studia humanitatis) según la expresión y la concepción de la cultura de Cicerón (v.) y otros clásicos romanos y griegos; este término reaparece en la segunda mitad del s. XV y se emplea con profusión en el XVI (v. 1, 2). Durante el s. XIX y el XX, en cambio, el término humanista se emplea con frecuencia para significar muy dispares aspectos y concepciones de la cultura o del hombre (v. iv).
 a) Las dos acepciones fundamentales. Por una parte se entiende, pues, por humanismo una categoría historiográfica que designa las corrientes culturales, sobre todo literarias, que durante los s. xv y xvi dieron origen al Renacimiento en los distintos países europeos; en este sentido algunos identifican h. y Renacimiento. Sin embargo el humanismo se caracteriza más propiamente por el intento de restaurar la cultura grecorromana enlazando -aunque los mismos humanistas no tuvieran a veces conciencia clara de ello con las corrientes medievales que conservaron el legado de Grecia y Roma. En este mismo sentido, histórico literario, el término h. es usado también, con independencia de la vinculación cronológica a los s. xv-xvi, para designar a todo movimiento cultural interesado o dedicado al estudio, la investigación o actualización de la cultura antigua (v. I, 2 y ii).
      
Por otra lado se hace uso del término h., con un sentido distinto, para indicar cualquier teoría o doctrina de intención filosófica que intente aclarar la significación del hombre dentro del mundo, sus valores y formular un ideal en función de estos valores y de esa significación. El h., en este sentido, «tiende esencialmente a hacer al hombre más verdaderamente humano y a manifestar su grandeza original haciéndole participar en todo cuanto puede enriquecerle en la naturaleza y en la historia...; requiere. a un tiempo que el hombre desarrolle las virtualidades en él contenidas, sus fuerzas creadoras y la vida de la razón, y trabaje para convertir las fuerzas del mundo físico en instrumentos de su libertad» (1. Maritain, o. c. en bibl. 14). En este segundo sentido, del que hablaremos aquí, se pueden considerar diversas concepciones de h., aunque algunas de ellas resultan más bien inhumanas o antihumanas que verdaderos humanismos.
 b) Los humanismos como filosofías sobre el hombre. La concepción grecorromana del hombre cristaliza en el concepto de humanitas, que recoge el ideal helénico de la paideia (educación) y cuyo paso al mundo medieval se realiza a través de la Patrística (v.) cristiana; en ella la humanitas como ideal de la cultura humana complementa a la Teología (v.). En el s. xii las corrientes humanistas tienen un primer renacimiento; la teoría de la razón (v.) y de la fe (v.), la Filosofía y la Teología, que llegan a una alta cima con S. Tomás de Aquino (v.) y su valoración del pensamiento antiguo, establecen las bases de una brillante y certera concepción humanística del mundo.
El h. renacentista forja las bases del hombre moderno y de una falaz separación del mundo de la experiencia y de lo suprasensible, sobre cuyo supuesto se va a montar una imagen unilateral del hombre. El h. renacentista insiste en la dignidad y en los valores del hombre educado liberalmente, por eso lega una concepción educativa de notable influencia, las «humanidades». De este h. clásico se van a derivar múltiples concepciones del humanismo.
El h. liberalista hunde sus raíces en el nominalismo (v.) medieval, se despliega en doble vertiente con el racionalismo (v.) y el empirismo (v.) (s. xvii y xviii) y culmina con los movimientos de la Ilustración (v.) del s. xviii y con las corrientes ideológicas del xix; así el nuevo liberalismo contemporáneo supone una revisión de algunas tesis del viejo liberalismo (la concepción científica del mundo y la neutralidad filosófica y religiosa). La interpretación individualista de la naturaleza humana es el principio básico de este h., y este individualismo (v.) se define esencialmente por otorgar al hombre un derecho primario a una libertad ilimitada (v. LIBERALISMO). Esta reclamación de una mayor libertad parte desde el Renacimiento y se va ampliando durante toda la Edad moderna. Desde Descartes (v.) -para quien todo conocimiento brota desde la razón- hasta Hume (v.) -que rompe con toda autoridad sobrehumana en el orden moral- y más allá, hasta Hegel (v.), hay un largo proceso en que el hombre va otorgándose a sí mismo las funciones de la trascendencia (v.); la razón humana «explica todo» y la voluntad humana establece los principios del orden moral individual y social (v. INMANENCIA). Hay una creencia algo ingenua en la bondad y pureza absoluta del hombre (v. NATURALIsmo), en el progreso (v.) ilimitado (v. PROGRESISMO) y en la autonomía (v.) del hombre y de su acción (antropologismo).
El h. socialista (v. SOCIALISMO), que comparte con el liberalista la creencia en el hombre natural y en el poder de la razón, piensa que la naturaleza humana así concebida tiene sentido exclusivamente dentro y por el orden social. Este h. hunde sus raíces en el idealismo (v.) alemán y tiene sus momentos más significativos en el pensamiento de Marx. La idea de igualdad absoluta, progreso dialéctico y los presupuestos materialistas originan un h. terrenal y antropocéntrico que tiene puesta la esperanza en el desarrollo de las fuerzas terrenales y en el establecimiento de un estado perfecto en la tierra; h. degenerado en un colectivismo negador de la libertad y dignidad de la persona humana, de su responsabilidad (v.) e inmortalidad (v.), que resulta inhumano (v. COMUNISMO; MARX Y MARXISMO).


En el pensamiento filosófico del s. xx el tema del h. cobra una significación especial. La filosofía existencial y existencialista (v. EXISTENCIALISMO), que parte de un análisis de la existencia humana, ha teorizado la cuestión del h. Para Sartre (v.) el hombre se proyecta, se pierde fuera de sí, pero rebasándose se autocrea; a la unión de este rebasamiento y de la presencia del hombre en el universo le llama Sartre h. existencialista: «humanismo porque recordamos al hombre que no hay otro legislador que él mismo, y que es en el desamparo donde decidirá de sí mismo; y porque mostramos que no es volviendo hacia sí mismo, sino siempre buscando fuera de sí un fin que es tal o cual liberación, tal o cual realización particular, como el hombre se realizará precisamente en cuanto humano» (1. P. Sartre, El existencialismo es un humanismo, Barcelona 1957). Su materialismo y ateísmo hacen del h. de Sartre algo muy truncado y parcial.     
Heidegger (v.) relaciona el problema del h. con el problema de la Antropología (v.) y de la Metafísica (v.). «Esto es humanismo: meditar y preocuparse –curarse de que el hombre sea humano, y no inhumano, esto es, extraño a su esencia. ¿Pero en qué consiste la humanidad del hombre? Ella estriba en su esencia» (M. Heidegger, Carta sobre el humanismo, Madrid 1959). El hombre es el guardián del ser, está en la proximidad del ser: esto dignifica al hombre y constituye el más alto h. La novedad del planteamiento metafísico de Heidegger es que establece una nueva Antropología y da un nuevo sentido al humanismo, aunque no completo.
Jaspers (v.) entiende el h. como integral, incluyendo: la cultura, que implica la asimilación de la tradición clásica, la civilización, que recrea la cultura y la proyecta al futuro, y la humanización que establece una jerarquía viviente y reconoce la dignidad humana en cada hombre.
c) Búsqueda de un nuevo humanismo. La situación del mundo actual -ideológica, política, intelectual, espiritual, técnica- ha conmovido las bases sobre las que se asentaban los distintos h. modernos; y surge por doquier la inquietud por encontrar una nueva forma de humanismo.
La expresión «humanismo cristiano» ha sido acuñada en época reciente, aunque sus elementos constitutivos están en el Nuevo Testamento, y se refiere a una idea del hombre y de su destino según la razón (v.) y la Revelación (v.): el hombre como imagen de Dios y ordenado a Dios (v. iv, 4). Esta idea supone que es un ser personal y un ser colectivo, y por ello es superadora de cualquier concepción individualista o colectivista (v. PERSONA). A la vez lleva consigo la exigencia de perfección (v.) en el hombre; esto hace que la idea cristiana del hombre se monte sobre la doctrina de las virtudes (v.) teologales y cardinales, y la necesidad de la gracia (v.) sobrenatural para superar la imperfección (v.) y el pecado (v.). El h. cristiano es posible por cuanto lo sobrenatural (v.) no anula lo natural, sino justamente lo sitúa en su auténtico ser. Cualquier otro h. destruye el ser del hombre al comprenderlo parcialmente; el h. cristiano asume los valores de la materia y del espíritu: «El auténtico sentido cristiano -que profesa la resurrección de toda carnese enfrentó siempre, como es lógico, con la desencarnación, sin temor a ser juzgado de materialismo. Es lícito, por tanto, hablar de un materialismo cristiano, que se opone audazmente a los materialismos cerrados al espíritu» (Escrivá de Balaguer, Homilía Amar al mundo apasionadamente).
Maritain (v.) ha propuesto el ideal del h. integral o de la discutible Nueva Cristiandad: «Este nuevo humanismo, sin común medida con el humanismo burgués y tanto más humano cuanto no adora al hombre, sino que respeta, real y efectivamente, la dignidad humana y reconoce derecho a las exigencias integrales de la persona, lo concebimos orientado hacia una realización socio-temporal de aquella atención evangélica a lo humano que debe no sólo existir en el orden espiritual, sino encarnarse, tendiendo al ideal de una comunidad fraterna» (o. c. en bibl.). El personalismo de E. Mounier (v.) ha intentado un «h. nuevo» para defender al hombre de los totalitarismos (v.), socialistas o de otro género, y del individualismo (v.); se trata de recomponer al hombre de hoy que está escindido, y volver a reunir el espíritu y el cuerpo, el pensamiento y la acción. Para Jaspers (v.), los factores positivos que gobiernan hoy día la condición humana son la técnica, la política, la decadencia de un espíritu occidental común; en esta situación, los dos caminos que pueden llevar al h. son la asimilación del h. occidental y la lucha por la independencia del hombre.
El tema del h., para que no degenere en antropocentrismo destructor, para ser comprendido en su sentido más filosófico con toda profundidad, ha de ser completado desde un punto de vista metafísico y teológico (v. iv).

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